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¿Exiges tus derechos? ¡Eres un golpista!



El Estado social existe porque el proceso civilizatorio ha sensibilizado a las sociedades humanas. Ya no afrontamos la descarnada brutalidad de los tiempos antiguos. No vivimos tampoco en la absoluta indefensión ante los abusos del poder. Poco a poco, hemos conquistado garantías y derechos. Hoy, la injusticia no es consustancial a un orden establecido —como cuando había siervos y señores feudales, o amos y esclavos— sino que los actos arbitrarios están desautorizados por leyes que dignifican la vida de los ciudadanos.


Dicho en otras palabras, el individuo —en un país que se pretenda justo y moderno— puede esperar que le sean aseguradas unas mínimas garantías: la seguridad, antes que nada (la primerísima obligación del Estado es precisamente esa, la de brindar a los habitantes protección y certezas jurídicas); la salud, igualmente, como un derecho esencial, y, finalmente, la educación, herramienta fundamental para adquirir las habilidades que necesitan las personas. Estos tres rubros son el fundamento de las políticas públicas. Por eso mismo existen, miren ustedes, hospitales, escuelas, cuerpos policíacos y fuerzas armadas. Y por ello, de la misma manera, los mexicanos, considerándonos ciudadanos a parte entera —o sea, seres humanos con derechos—, nos sentimos plenos merecedores de atención sanitaria y medicamentos siendo, encima, que esos servicios los pagamos con nuestros impuestos.


Pues, miren ustedes, el régimen de la 4T está dejando morir a los niños de la nación por falta de remedios contra el cáncer. ¿Qué se podría esperar de los padres de un pequeño que agoniza? ¿El silencio? ¿El conformismo? ¿La sumisión?


Pues, no. Ocurre que hablan. Ocurre que protestan. Ocurre que exigen.


¿Qué respuesta les da un funcionario del aparato oficial de Salud? Los acusa, señoras y señores.


Los denuncia como parte de un esquema “golpista” siendo que, en este país, organizamos elecciones libres para elegir a nuestros gobernantes.


Nunca había visto yo, en la administración pública de la nación mexicana, a un sujeto tan miserable, tan ruin, tan supremamente insensible, tan inhumano y tan cínico. Ya no son “iguales a los de antes”, dicen los mandamases de ahora. Tienen toda la razón: este tipo es peor. Mucho peor.

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