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La gente se muere…. Y la fiesta sigue



Llamada tras llamada. Día tras día. Paramédicos, médicos y personal de salud enfrentan todos los días la terrible decisión de negar espacios a personas enfermas de Covid. Once meses.


¿Quién se ocupa de la salud mental de todos ellos? Perseguidos por todos los fantasmas de tantas personas que han visto sufrir y morir en los últimos meses. Se les exige atención, se les pide paciencia, se les pide trabajo ¿quién se ocupa de ellos? Ellas y ellos vuelven a casa llevando consigo la pena, la angustia, la tristeza de no haber podido ayudar más ante una enfermedad tan cruel como la que enfrentamos. Cada noche que pueden pasar con su familia, se ve nublada por las miles de preguntas que difícilmente pueden dejar de hacerse “¿Y si hubiera hecho algo diferente?” “¿Habré hecho lo suficiente?”.


Mientras tanto, en millones de hogares, las tensiones se acumulan y con los niños tomando clases en casa, la paciencia se agota pronto. Millones de niñas y niños cumplirán pronto un año de haber cambiado las aulas por la televisión, las tabletas electrónicas o un celular. Con poca o nula conectividad a internet, miles intentan seguir sus estudios a través de las clases por televisión que impiden cualquier interacción. Con padres ocupados o sin la suficiente educación para apoyarles, los pequeños se frustran.


Los más afortunados, tomarán clases en pantalla. Por “zoom”, “google” o alguna otra plataforma de videoconferencia que compartan con sus padres y madres. Pero pasar demasiado tiempo en la pantalla genera ansiedad en los niños. Les genera sentimientos de soledad. Millones de madres y padres hoy ven como el carácter de sus hijos se ha transformado. Se han vuelto irascibles, apagados, somnolientos. La pantalla no educa en el largo plazo. ¿Quién se ocupa de la salud mental de esos pequeños? ¿Qué se piensa hacer para ayudarles a superar uno de los años más difíciles de sus vidas? ¿A comprender un fenómeno que la mayoría parece seguir sin entender? ¿Cómo explicarles que volver a la normalidad tal vez no sea pronto? Todo ello sin contar siquiera el aumento de casos de maltrato infantil. Casas llenas, niños llorando, padres estresados. La receta para el desastre.

Y por otro lado, la gente en las calles. Paseando o de vacaciones. En reuniones familiares, comidas, roscas, tamales. Negando la realidad que tenemos frente a la nariz. Las ambulancias suenan cada día. El oxígeno se acaba, las vacunas no llegan y los mexicanos, parecen no darse por enterados. Familias enteras se han contagiado y han muerto luego de las fiestas decembrinas. Las noticias llegan, pero pareciera que caen en el vacío, porque hay que viajar a unas vacaciones, porque estamos hartos del encierro, porque necesitamos. salir. Que importa que el personal de salud esté al borde del colapso, que los hospitales revienten, que los niños no puedan volver al espacio seguro de las escuelas. Quizá a estas alturas ya la abuela se murió y al tío le dio Covid pero ¡qué más da! ¡Que siga la fiesta!

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